“Compartimos poco”
Los hombres compartimos poco en la vida; nos gobierna una pereza egoísta de negarnos a participar a otros lo que nosotros disfrutamos y muchas veces también lo que padecemos. La naturaleza, misteriosa, sorprendente e impredecible, nos ha hecho compartir en estos últimos días a todos por igual un mismo fenómeno doloroso; de estos episodios, sin embargo, podemos obtener algunas lecciones de utilidad para un mejor cultivo de nuestras vidas.
En el ser humano late incuestionablemente un síntoma de amor que muchas veces mantenemos inculto y con frecuencia atrofiado por las vertiginosas preocupaciones cotidianas; no obstante, cuando el desgarrador peligro de las amenazas inmanejables que nos envía la fuerza de la tierra, es percibido recordándonos que no estamos solos, se despereza esta bondad dormida y comienza a actuar.
En estas horas angustiantes y confusas hemos podido ver esta dimensión humana en todo su esplendor. Los vecinos se han acercado, las personas que por diversos motivos estuvieron distantes, por un momento experimentaron la necesidad de aproximarse fraternalmente y compartir sus temores, sus esperanzas y sus buenos deseos. Los enconados odios se atenúan, permitiendo que las miradas de ira ahora sean miradas de afecto. Es maravilloso observar las manifestaciones de reconocimiento conque los unos y los otros se comunican; por las tardes se reúnen los vecinos en los jardines y los patios, disponen sus medios para el bien colectivo, sus teléfonos, sus asientos, sus mesas, sus vehículos, sus palabras alentadoras, su agua, sus bienes, sus corazones; más allá se organizan espontáneamente grupos de jóvenes voluntarios, estudiantes, profesionales y todas las personas de buena voluntad reaccionan con sus mejores virtudes. El lucro cede también sus energías y se presenta más generoso, comprendiendo que todo lo que acumulamos puede sucumbir en un momento sin que quede nada para aquella enigmática posteridad.
Felicito entrañablemente y con modestia cada una de las enseñanzas que de manera urgente parecieran educarnos para una nueva vida común; celebro con admiración que mis semejantes, después de todo, sean más bondadosos que perversos y que la promesa de un mundo mejor no sea solamente una utopía. Lamentablemente es la naturaleza que, son su estela trágica nos parece obligar a costo tan alto a cambiar esta mirada oblicua.
Felicitaciones a todos los que regalan tiempo de sus vidas al bienestar y la calma que necesitamos; a los que ofrecen una porción de lo suyo para ver que crece aquel prójimo que desde mucho tiempo ya era su hermano; a los que se desprenden de sus riquezas materiales y las convierten en espíritu de paz fraterna.
Ya vendrá el esperado sosiego sobre las calles y los campos lastimados, vendrá otra vez el cóndor a volar en calma deslizando su mancha gris sobre la nieve; mengua el nervioso viento de desolación por valles y mesetas; por las playas castigadas viene ya la brisa nueva curando la tristeza y la ausencia; deja de sentirse el rumor de lo que se rompía bajo la bruma; se pone quieta la nerviosa morada y los días que se suceden la levantarán para que no quede de rodillas frente a la adversidad. Las sementeras nuevamente se llenarán de fecundidad para que vivan y se abracen los hombres de esta tierra castigada; poco a poco lo que fue trémulo retoma su equilibrio extraviado y desplegamos el ingenio mágico con el que el amor superará la destrucción.
Todo eso será honrando la memoria inmortal de nuestros queridos ausentes. Felicitaciones.
