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Archivo para Noviembre, 2009

¡El mundo se va a acabar!

Lunes, 30 de Noviembre de 2009 Comments off

 Esa es una verdad tan grande como que Ud. un día se va a morir.

 La eternidad de la materia y del planeta es algo que pocos se atreverían a sostener. Lo curioso es que con frecuencia aparecen noticias del fin del mundo e inmediatamente y tranquilizadoras noticias que en nombre de nadie sabe quién todo es desmentido.

 Pareciera que nadie se lo toma realmente en serio. Por una parte, pensar en el propio fin –la muerte- está alejado de las preocupaciones diarias y encarar el fin del mundo es la otra cara de la moneda. Si se acaba el mundo es que también nos acabaremos. Y eso ¡mejor ni pensarlo!

 Por otra parte, nos cuenta asumir la temporalidad.  El tiempo se vuelve un enemigo que todo lo devora y que jamás se deja atrapar, como si fuera agua entre las manos. Para fijarlo están los calendarios. De hecho todos los anuncios de fechas de fin de mundo van acompañados de lecturas arbitrarias y confusas de calendarios, a veces, admirables y precisos otros, apenas científicos.

 Cuando el final del mundo no se asume seriamente ni se reflexiona con serenidad, se convierte en canción, en profecía, en libro, en película y al fin no es más que lo expresado en aquella lúcida crítica  “un espectáculo sin freno  ni mesura”   para “suscitar nuevos miedos y manipular los antiguos.”

 Los católicos somos los primeros en desmentir el acabo de mundo con fecha determinada. Sin embargo, es la Fe católica, la que más consistentemente ha afirmado, desarrollado, encarado y respondido a la angustiosa pregunta.    En su estructura doctrinal existe la temática bajo diversos nombres a través de la historia, las postrimerías, los novísimos, la escatología, la teología de la creación. En medio de algunas distorsiones y también exageraciones sobresale una verdad iluminadora. Dios nos hereda su eternidad y hace nuevas todas las cosas, también el cielo y la tierra. El mundo entero no es caos y un día, que no sabemos, se consumará y será una tierra nueva donde habitará la justicia y nuestros anhelos de paz serán colmados.

  Nos vamos a morir y este mundo tendrá fin. Asumir nuestra verdad nos abre a una verdad mayor. La de la auténtica Fe y a una verdadera responsabilidad por el mundo que vivimos.

 Que el universo tenga un final es como decir que tiene un sentido, lo que se impone para nosotros como una mayor responsabilidad por el mundo en que vivimos. Es tiempo de preocuparse por el futuro, pero sin pesimismos.                Es tiempo de esperanza, no de miedos.

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El resto del país

Lunes, 23 de Noviembre de 2009 58 comentarios

  ¡A Santiago! ¡Saliendo a Santiago! vocean en las cercanías del Terminal de buses Constitución, invitando a posibles pasajeros que descienden de micros y colectivos.

  Y es que, a pesar de la regionalización iniciada hace ya tiempo, la capital sigue siendo el principal centro de actividades comerciales, industriales, sociales y culturales del país, atrayendo hacia ella, como un poderoso imán, a los habitantes de las regiones. Y para qué hablar de la salud.

  Sin embargo el centralismo no es sólo un problema de orden político o institucional; es más bien una mentalidad profundamente arraigada entre nosotros. ¿Se ha fijado usted que, cuando en los noticieros de la radio o de la televisión informan sobre las condiciones del clima, a menudo los locutores o los periodistas, luego de referirse a Santiago, añaden la frase ritual “y en el resto del país”?

  Sí porque para quienes viven en la gran metrópoli, las regiones y quienes habitamos en ellas somos “el resto del país”. El diccionario define la palabra “resto” de la siguiente manera: “Residuo, parte que queda de un todo o conjunto”.

  ¿Somos eso las regiones y sus habitantes? ¿Un residuo, una pequeña parte que, eventualmente, se puede botar como se arroja al lavaplatos lo que quedó en la taza?    

  Hace algunos años una revista dedicó un reportaje a un poeta de mucho lustre avecindado en Chillán. Las autoras, con absoluto desparpajo, describieron a la capital de Ñuble, como “una perdida ciudad del sur”.  

   Si uno comenta con algún santiaguino que usted vive en Chillán, de seguro no va a conseguir comentarios que vayan más allá de: ‘ah, sí, la ciudad de las longanizas’, o ‘la sustancia de Chillán’; así como Curicó es “la ciudad de las tortas”. A raíz de un reciente suceso policial, los reporteros no dudaron en rebajar a la vecina y muy respetable  San Carlos a la condición de “localidad”.

  Más allá de los límites de la Región Metropolitana, viven, trabajan, sufren, ríen, sueñan chilenas y chilenos que, ciertamente, no son “el resto del país”. Y que tienen la obligación ineludible de hacerse oír y respetar.

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¿Todo tiempo pasado fue mejor?

Lunes, 9 de Noviembre de 2009 17.630 comentarios

Hay quienes con añoranza sostienen que “todo tiempo pasado fue mejor”. Personalmente, soy de los que creen que la historia tiene sus matices, pues todas las épocas conllevan realidades que se construyen con el condimento de la fragilidad humana, resultando un eco de nuestras virtudes y defectos, de nuestros aciertos y  errores, de lo mejor y lo peor que hay en cada ser humano.

La serie televisiva “Los 80”,  que emite Canal 13 en su segunda temporada, sin duda nos invita a reflexionar sobre ello. Cómo ser indiferente a la historia de los Herrera, una familia corriente de la clase media chilena en tiempos de la dictadura militar, que sufre con la crisis económica nacional, el endeudamiento crediticio, los fantasmas de la cesantía, y la incertidumbre por los tiempos que vendrán; pero que no se hunde en eso, sino que busca seguir adelante, sacando fuerzas de flaqueza y teniendo como bastón de apoyo, el amor y la unidad de sus miembros.

Por más que intentemos dar vuelta la hoja, el contexto social de la década de los 80 es una marca que permanecerá por mucho tiempo presente en la piel de un porcentaje importante de chilenos y chilenas. Y es que más allá de la historia, es en la cotidianidad de la gente común donde sigue estando el fragor de pensamientos, sentimientos y acciones que hoy rebrotan cada vez que es preciso juzgar qué fue bueno o malo, justo o injusto.

Quizás por lo mismo, hoy muchos prefieren ver la historia con los ojos de los Herrera, alejados de colores partidistas y discursos abiertamente políticos, dando paso a una mirada de los hechos desde la evocación de la experiencia propia y del entono inmediato, según como se vivió y como se sintió con el corazón y las viseras.

Esto, me recuerda un fragmento del libro “El túnel”, de Ernesto Sábato, donde se refiere al tema que hoy nos convoca. “En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizás sea una forma de defensa de la especie humana. La frase “todo tiempo pasado fue mejor” no indica que antes sucedían menos cosas malas, sino que, felizmente, la gente las hecha en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos, y, así, casi podría decir que “todo tiempo pasado fue peor”, recuerdo tantas calamidades que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza.”

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